Itxu Díaz
EL ÁLAMO
Somos idiotas
EL ÁLAMO
La única certeza nacional que tiene Pedro Sánchez desde que se encaminó a la Moncloa es esta: España es una nación formada por 49 millones de idiotas. Lo cree con firmeza, nunca ha hecho grandes esfuerzos para disimularlo, y después de todo, en buena parte, no le ha ido tan mal apoyándose en esa creencia. Por eso, aunque ha cambiado mil veces de estrategia y de discurso, nunca ha perdido un céntimo apostando a la estupidez general de los españoles, nunca le ha salido mal tratarnos como idiotas.
Las leyes elementales de la psicología señalan que, si vas a soltar una trola, primero consideras velozmente la capacidad intelectual de tu interlocutor o, en última instancia, su capacidad para tragársela. Cuando consideras que estás delante de un zoquete, ni siquiera te molestas en que la mentira resulte creíble. Si tienes que rendir cuentas ante lo que crees que son 49 millones de zoquetes, lo normal es que ni siquiera trabajes un poco las trolas, los desmentidos, las palabras incumplidas, y las estrategias más burdas de manipulación de masas.
Quizá todo eso explica su recurso patológico a la mentira –se ha llegado a decir que Sánchez es alérgico a la verdad-, su inmoderada afición a la manipulación de la realidad, o su pasión desenfrenada por el engaño más cínico, sin gesto alguno de recelo reflejado en su rostro.
Es posible que Sánchez tenga razón y los españoles seamos rematadamente idiotas
Incluso este miércoles, con la sede de Ferraz en llamas, su núcleo duro ha intentado colar la grotesca idea de que la entrada de la UCO en el cuartel general del PSOE no era un “registro”, sino un “requerimiento de información”, poco menos que un trámite burocrático aleatorio, como ponerle un sello de Correos a una carta, o revisar los contadores de la luz. Diarios afines, comunicadores de la secta y tuiteros a sueldo repitieron la misma idea, empezando por Silvia Intxaurrondo en la televisión que pagamos todos: “No es un registro. Es un requerimiento. Una petición de información”.
Bien. Cuando escribo esto, los agentes llevan diez horas en la sede de Ferraz, y el auto señala con toda claridad: “Entrada y registro”.
Es buen ejemplo de cómo el sanchismo, hasta el último instante de su agonía final, consiste en un doble movimiento: untar a los afines y camaradas mediáticos, y mentir de la forma más grosera siempre en ese empeño por tomar a los españoles por tontos. Y es posible que funcione, porque los más partidarios y partidistas están deseando creerse que los agentes han ido a tomar café a Ferraz, que Zapatero corretea por un camino restringido y sin cobertura por El Pardo para que las ondas del móvil no interfieran en su atlética respiración, o que el mensaje “10K done” en medio de una investigación por corruptelas significa “vengo de patear 10 kilómetros y las piernas me han respondido divinamente”. Pero en fin, hablamos de gente que dijo, sin mondarse de risa, que las “diez mil chistorras” de Koldo no eran el equivalente a un millón de euros en su argot, sino el aperitivo para una fiesta electoral socialista, que eventualmente habría terminado con vomitona y niveles de colesterol nunca antes conocidos en humanos.
Ya saben, también Leire era periodista de investigación y resultó que estaba escribiendo El libro gordo de Pedrete; Zapatero era el último político honrado de la historia y qué quieren que les cuente, y Sánchez se retiró cinco días para meditar sobre lo enamorado que estaba de su mujer, y no para preparar una guerra sucia contra los jueces.
Es posible que Sánchez tenga razón y los españoles seamos rematadamente idiotas. Pero ciertas ratas de su núcleo manipulador están empezando a saltar de barco por primera vez, y es que incluso a los idiotas, a los más idiotas, no nos gusta que nos lo griten a la cara.
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