Xaime Calviño
LA PREGUNTA DEL DÍA
En Portada, De Irán a la calle Progreso
En una vieja fábrica de seda de Lyon, allá por los albores del siglo XIX, un artesano abría una tarjeta de cartón punteada como quien hojea un mapa lleno de secretos. Cada agujero marcaba un sendero, cada línea un gesto. Con ellas, la tela cobraba vida sin que las manos del tejedor tuvieran que guiar cada hebra. Era el telar de Jacquard, una máquina que, gracias a esas tarjetas perforadas, podía tejer diseños complejos repitiendo patrones una y otra vez sin fatiga ni error.
El apellido Jacquard ha quedado grabado en la historia no solo de la industria textil, sino también de la tecnología. Joseph Marie Jacquard no inventó el simple telar, sino una forma de codificar instrucciones que decían a la máquina qué hacer y cuándo hacerlo. Cada tarjeta era como un programa rudimentario: agujero o ausencia de agujero, sí o no, arriba o abajo. Esa idea de traducir decisiones en códigos fue uno de los primeros pasos hacia la automatización y la informática moderna.
Al igual que el telar automatizado no desplazó a los artesanos, sino que los transformó en diseñadores y programadores de nuevas posibilidades, la IA hoy redibuja el mapa de lo que entendemos por trabajo creativo.
La historia de este telar no es solo un episodio de museos o de archivos: es una lección sobre cómo la tecnología puede liberar la creatividad humana cuando se aleja de tareas mecánicas y repetitivas. Antes, dominar un patrón intrincado demandaba años de aprendizaje y de dedos ágiles. Con las tarjetas de Jacquard, la creatividad quedó separada de la mecánica y se concentró en la concepción del diseño, en soñar nuevos patrones antes que en repetir los conocidos.
Hoy, más de doscientos años después, estamos ante un momento histórico que recuerda aquel invento. La inteligencia artificial (IA), en sus múltiples formas, parece hacer lo que hace el artesano de Lyon: tomar tareas que antes exigían esfuerzo intensivo y aprender a ejecutarlas de forma automática. Desde redactar textos hasta interpretar datos o generar imágenes, la IA reduce la labor repetitiva, dejándonos espacio para pensar, imaginar y darle sentido a lo que se produce.
Al igual que el telar automatizado no desplazó a los artesanos, sino que los transformó en diseñadores y programadores de nuevas posibilidades, la IA hoy redibuja el mapa de lo que entendemos por trabajo creativo. La clave —escriben quienes reflexionan sobre esta analogía— no está en ver a la IA como competencia, sino como herramienta que expande nuestro campo de juego, liberando tiempo y atención para aquello que aún no puede ser codificado: la intuición, el juicio y la conexión humana.
Esta reflexión tiene algo de mar en calma tras una tormenta: en la tradición gallega se dice que quien observa el océano durante mucho tiempo termina por entender su ritmo y sus posibilidades. Quizá la IA, como las antiguas tarjetas perforadas, no sea un rival, sino un nuevo instrumento para navegar horizontes aún por descubrir.
En la práctica, esto implica un cambio de roles: si una IA puede esbozar un primer borrador o encontrar patrones entre miles de datos, la aportación humana se sitúa en la interpretación y refinamiento, en dar contexto y significado a lo que emerge del algoritmo. Es un salto comparable al que vivieron los tejedores que pasaron de mover hilos a diseñar ideas, de repetir pasos a crear conceptos.
Esta reflexión tiene algo de mar en calma tras una tormenta: en la tradición gallega se dice que quien observa el océano durante mucho tiempo termina por entender su ritmo y sus posibilidades. Quizá la IA, como las antiguas tarjetas perforadas, no sea un rival, sino un nuevo instrumento para navegar horizontes aún por descubrir. La pregunta que queda flotando no es si la IA nos reemplazará, sino qué nuevos tejidos de pensamiento, cultura y trabajo podremos desarrollar cuando dejemos que la máquina se encargue de las hebras repetitivas y nosotros nos ocupemos del diseño.
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