Arturo Maneiro
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CAÍDA DE LA DICTADURA
Cuanto más largas son las esperas, más inverosímiles se vuelven los resultados, y es tal vez porque todo lo que se prolonga demasiado en el tiempo genera un desgaste en el espectador. Un desengaño que al final incide incluso en nuestra capacidad crítica para evaluar los acontecimientos. Es tal vez lo que sucede con mis amigos de Cuba: han esperado por casi siete décadas, un cambio, que ahora a las puertas, les parece ficción barata, o lo que es peor, algún tipo de esperanza inmerecida. “Nunca se habían alineado tantos astros, la caída de Maduro, el abandono de Rusia y China, la revancha personal de Marco Rubio, el corte del suministro de petróleo procedente de Venezuela, es toda una constelación de circunstancias inéditas en 67 años”, me dice un amigo cercano con quien hablo por llamadas de WhatsApp al menos una vez cada par de meses.
Confieso que no me gusta Trump. Desconfío de toda prepotencia, de cualquier alarde de matón de barrio que puede admitir y expusar vecinos según su conveniencia. Es una situación compleja y poliédrica la de Cuba en este momento, similar en alguna medida a la de los finlandeses que en 1940 abrieron las puertas a las tropas del III Reich con tal de combatir al dominio ruso. El pueblo cubano vive ahora, en medio de una degradación material sin precedentes, en una especie de “Esperando a los bárbaros”, aquel poema de Constantinos Kavafis, en que una ciudad perpleja y desorientada por un poder dictatorial ruinoso, espera providencialmente a ese invasor, que tal vez, después de todo, “sea una solución”. Así están las cosas, con una expectativa centrada en las palabras de Trump que promete “una toma amistosa de Cuba” más temprano que tarde, pero hay varias preguntas que se imponen. ¿Qué pasará después de lo inevitable? ¿Podrá el país autogobernarse luego de una prolongadísima amnesia democrática?
El desafío más complejo para una Cuba democrática no será la reconstrucción de sus termoeléctricas o la estabilización de su moneda, sino la superación del daño antropológico. No se trata de una consecuencia accidental de malas políticas económicas, sino de la destrucción progresiva e intencionada de la autonomía individual. La reconciliación nacional será el gran esfuerzo colectivo en aras de sacar el país adelante, de modo que en lo posterior -cuando ya el problema no sea el hambre ni las carencias crónicas- puedan convivir sin fricciones, sobrevivientes del antiguo régimen y entusiastas del liberalismo. Refiriéndose al gran reto que implica la reconstrucción de Cuba, mi amigo de las llamadas bimensuales, sentencia: “Este país habrá que refundarlo desde cero, el daño es colosal”.
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