José Luis Gómez
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En el siglo XV hubo en Ávila un obispo llamado Alonso Tostado de Madrigal 'El Tostado' de memoria e inteligencia superlativa. Escribió muchísimo sobre lo divino y lo humano. De ahí que de los que escriben mucho se diga aún que escribe más que el Tostado. Algunas de sus opiniones resultaban demasiado audaces y sospechosas. Se cuenta que quienes se preocupaban de ayudarle a bien morir, ya próximo el lance, querían asegurarle a toda costa que el buen obispo amaneciese en el otro mundo con la fe ortodoxa. Estos marearon la perdiz de tal manera que el Tostado, sacando fuerza de flaquezas exclamó: 'Yo ¡como el carbonero! Hijos ¡como el carbonero!'
El carbonero aludido era un hombre astuto muy conocido en Ávila. En cierta ocasión le preguntaron: ¿En qué crees? En lo que cree la Santa Iglesia. Y ¿qué cree la Santa Iglesia? Lo que yo creo. Pero ¿qué crees tú? Lo que cree la Santa Iglesia. Y no había modo de apearle de semejante discurso.
Desde ese legendario entonces, hablar de la fe del carbonero es referirse a una fe que ignora razones. Ciertamente la autoridad de la Iglesia, instituida por Jesucristo, es fundamento sólido para la fe de cualquier cristiano. Pero la fe de la Iglesia a su vez se funda en razones sólidas que el buen cristiano no debe ignorar. Sin duda carboneros hay (los que hacen o venden carbón) que pueden saber mucha teología y más aún la pueden saborear. Pero si nos reducimos al sentido original de la expresión, hemos de reconocer como lo hace Juan Pablo II en la Fides et ratio y Benedicto XVI en la Porta fidei que esa no es la fe que demanda Dios, y la Iglesia en el siglo XXI.
En efecto, la fe del carbonero pudo salvar a muchos en otros tiempos, pero no parece apta para hacerlo en el tercer milenio, al menos para los que gozan de una mediana capacidad intelectual y medios de formación. La fe ha de ser cultivada, razonada, entendida o estará a merced de todos los vientos cambiantes de la cultura actual. La cantidad de información que llega al hombre -digamos postmoderno- crea un caos mental tan enorme que no se puede esclarecer sin una formación solidamente anclada en el conocimiento de las verdades fundamentales que nos permitan discernir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre lo bello y lo zafio, entre la criatura y el Creador, entre el verdadero argumento y el sofisma, entre el uso de la razón y los impulsos viscerales.
La fe, que es don de Dios, ha de ser buscada en la sencillez del corazón y en la humildad, condiciones indispensables para poder encontrarla. Dios tiene alergia a los autosuficientes. Pero la fe no es una fe arbitraria. La fe implica siempre un saber, una certeza razonada y por ello un cristiano debe saber dar la razón de su fe y de su esperanza (1Pe, 3, 15). Para lograrlo nos dice el papa en la Porta fidei: 'Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree es un compromiso que todo creyente debe hacer propio'.
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