Medir las distancias

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Publicado: 03 ene 2026 - 05:40

Opinión Isaac Pedrouzo
Opinión Isaac Pedrouzo | La Región

Los trayectos se miden como a uno le venga en gana. En canciones, en pasos o contando el número de personas que, como tú, también caminan hacia alguna parte. El camino de mi piso de alquiler al supermercado, por ejemplo, dura una canción y media de La Paloma, trecientos catorce pasos, y veinte personas, si contamos solo las que nunca me miran. Siempre miro a las personas, por si algún día me saludan. Me sonríen.

Existe también, lo sé, quien mide las distancias en tiempo o unidades de medida universales. Kilómetros, metros, manzanas.

Métodos costumbristas y vulgares.

El trayecto desde el piso (también de alquiler) que mis padres tenían debajo de la cárcel vieja hasta la casa del pueblo se dividía en carreteras.

Lo habitual era que mi padre encontrase un hueco para aparcar en el callejón donde vivíamos. No teníamos dinero para salchichas de marca, mucho menos para un garaje. El callejón era la primera carretera: jeringuillas, yonquis y maniobras desaparcadoras interminables agotadoras de paciencia que solían terminar con una marcha atrás de varios metros.

La marcha atrás, costumbrista y vulgar.

Después una calle demasiado larga que cambia de nombre en algún lugar que nadie es capaz de asegurar. Galerías comerciales, peluquerías unisex y un número insultante de cafeterías. El cielo de azoteas y la luz que nunca llega.

La tercera carretera ya avisaba en letreros. Que la ciudad se acaba, apenas hay casas y no existen las aceras, que la velocidad aumenta, que hay un Carrefour y una gasolinera. El coche se desliza suave a pesar de ir rápido, con ritmo de autopista, y hay que subir la música y las ventanillas porque el aire se ceba y el pelo se enreda.

Una calma breve terminaba en la carretera terremoto. Una pista de cemento que alguien dejó a medias, y demasiado estrecha. El coche tiembla y mi hermana sostiene entre risas un “ahhh” que oscila por el tembleque epiléptico. Mi padre se queja de no sé qué de la suspensión, mi madre se agarra al chisme que hay encima de la ventana y Ana Belén le pide cosas a Dios.

Que el futuro no sea indiferente, dice.

Varias curvas enroscadas que atraviesan la espina dorsal de algunos pueblos donde nadie ha pintado todavía las líneas del suelo. Continuo, discontinuo, qué más da.

La última carretera es la que da a casa. Un camino de tierra que la hierba cubre a cada lado de los surcos de las ruedas. En el medio sobre todo. Las silvas que rozan los cristales y la vecina, la única, guicha desde la ventana escondida tras las cortinas.

Al bajar del coche la arcada del terremoto me baja hasta la boca del estómago.

El trayecto hasta la casa del pueblo dura varias carreteras, cinco en total. Yo, sin embargo, solía medirlo en casas vacías. Ahora hay luz en algunas.

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