Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Feijóo, si fuera presidente
EN LA RED
Erase una vez una aplicación llamada Musical.ly, un castillo lleno de canciones, bailes y niños que soñaban con ser estrellas durante unos segundos. Allí, los pequeños musers movían los labios, hacían coreografías y recibían corazones como si fueran aplausos mágicos.
El castillo parecía feliz, pero tenía un problema muy serio: estaba lleno de menores. Y cuando hay niños en internet, no basta con poner música y filtros bonitos. Hay que cerrar bien las puertas.
Al principio, Musical.ly tenía normas y controles para proteger a los más pequeños. Había opciones para bloquear, denunciar y limitar ciertos peligros. Y un gran cartel que impedía el acceso a adultos. Pero también había grietas: perfiles demasiado visibles, mensajes de desconocidos y adultos que podían acercarse a niños que solo querían jugar, cantar o ser vistos.
Entonces llegó ByteDance, un gigante tecnológico de un reino lejano, y compró Musical.ly. Poco después, apagó el antiguo letrero y encendió uno nuevo, mucho más brillante: TikTok.
El castillo creció de golpe. Ya no era una pequeña plaza de canciones: era una ciudad inmensa, con millones de habitaciones, vídeos infinitos, miles de temáticas y un espejo mágico llamado algoritmo. Si un niño veía un baile, el espejo le mostraba más bailes. Si una niña buscaba canciones, aparecían más canciones. Todo era rápido, adictivo y aparentemente divertido.
Pero no todos los que entraban al castillo venían a bailar. Mientras TikTok crecía, la seguridad no creció al mismo ritmo. Las grietas se hicieron más grandes. Los pasillos se multiplicaron. Había más niños mostrando su cara, su cuerpo, su casa, su cuarto, su voz, su intimidad y su necesidad de aprobación. Y también había más adultos mirando, buscando y esperando una oportunidad.
El problema ya no era solo que los niños pasaran demasiado tiempo deslizando vídeos. Era que una plataforma llena de menores se podía convertir en un escaparate para gente peligrosa.
TikTok se hizo famoso en todo el mundo. Pero bajo tanto brillo quedaba una pregunta oscura: ¿De qué sirve construir el castillo más divertido del mundo si no sabes proteger a los niños que juegan dentro?
La historia de Musical.ly no fue solo la historia de una app que cambió de nombre. Fue la historia de cómo una fiesta infantil se convirtió en un imperio y no siempre cerró bien sus puertas. En internet, cuando una empresa atrae a niños, su primera obligación no es crecer, ganar dinero ni entretener. Su primera obligación es protegerlos. Porque si los guardianes se duermen, los lobos entran.
Este artículo se escribió a raíz de este vídeo de Pablo Duchement
https://www.instagram.com/reel/C6PHsJaLqdI/
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