Brasil decide entre la continuidad de Lula y el regreso del bolsonarismo
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Flávio Bolsonaro llega con ventaja a la segunda vuelta de unas elecciones que pueden reforzar el giro conservador de América Latina
Brasil define este domingo su futuro político en una segunda vuelta en la que más de 150 millones de personas están llamadas a las urnas para elegir a su próximo presidente. En medio de una de las campañas más polarizadas de su historia reciente, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro volverán a medir sus fuerzas después de una primera votación que alteró el guion previsto: el hijo del expresidente Jair Bolsonaro salió vencedor, al recibir más de 56 millones de votos, el 47% de los válidos, frente a los casi 54 millones de papeletas que obtuvo el actual mandatario.
Ahora, después de esa derrota preliminar de Lula que nadie previó, prácticamente todos los sondeos entregan a Flávio Bolsonaro las llaves del Palacio del Planalto, aunque el margen es estrechísimo: los datos que reflejan las encuestas oscilan, de izquierda a derecha, entre el 48% y el 52% de los votos válidos. En este escenario, la abstención —que ya se situó en la primera vuelta como la mayor desde 1998— puede acabar siendo un factor diferencial.
Precisamente la escasa participación pone sobre la mesa el hartazgo de la ciudadanía brasileña con sus dirigentes. El mandatario llega a la votación tras doce años —repartidos en dos etapas— en el poder y Flávio Bolsonaro pretende sustituirlo sobre la base de la herencia política de su padre, que gobernó el país entre 2019 y 2022. Ambos, de hecho, cuentan con unos niveles de rechazo similares, próximos a la mitad del electorado, como reflejan prácticamente todos los sondeos.
Quien resulte vencedor, en todo caso, habrá de lidiar con unas cámaras desplazadas hacia la derecha, en las que el Partido Liberal de Bolsonaro ocupa la mayor bancada, con 121 de los 513 diputados y 28 de los 81 senadores. Por tanto, aunque necesitaría pactar para sacar adelante sus reformas, el hijo del expresidente contaría con una base parlamentaria más favorable que Lula: de ser reelegido por cuarta vez al frente de Brasil, el líder del Partido dos Trabalhadores vería muy limitada su capacidad para impulsar nuevas medidas.
La campaña
A diferencia de lo que ocurre tradicionalmente, la economía se ha situado en esta ocasión en un segundo plano en la campaña, a pesar de un crecimiento del 2% y de que el desempleo se encuentra en mínimos históricos. El alza de la inflación, que impide que los datos macro impacten en el bolsillo de los ciudadanos, no ha permitido a Lula sacar pecho de su gestión en esta materia, y su rival ha preferido situar el foco en la inseguridad ciudadana y en la necesidad de endurecer las penas de los criminales, a pesar de que la estadística oficial refleja una caída tanto en el número de asesinatos como de robos convencionales.
Con estos datos en primer plano, mientras Lula promete mejoras salariales y sociales y Bolsonaro garantiza que reducirá el tamaño del Estado y los impuestos, las acusaciones cruzadas de corrupción han recorrido de forma transversal toda la campaña.
La investigación judicial abierta contra uno de los hijos de Lula—por supuesto tráfico de influencias a través del gobierno— ha dado munición a su opositor, aunque también él se encuentra bajo seguimiento de la justicia por blanqueo de capitales y corrupción. Para tratar de eliminar cualquier sombra de duda, el presidente dio orden de levantar su secreto bancario y fiscal, el de su mujer y el de sus hijos si Bolsonaro hacía lo propio, pero la respuesta del senador fue reclamar que esa misma transparencia se extendiese a todos los cargos del ejecutivo y asesores.
Además, aunque no figura en la papeleta, Jair Bolsonaro también ha ocupado una posición central en la campaña: la reivindicación del legado político del padre, por un lado, y el recuerdo de que fue condenado a 27 años de cárcel por un intento de golpe de estado tras las elecciones de 2022, por otro.
Una pieza decisiva
Pero el impacto de estas elecciones trasciende Brasil. La mayoría de los países latinoamericanos están ahora escorados a la derecha —como ocurre en Argentina, Bolivia, Chile, Perú, Colombia, Ecuador, El Salvador, Paraguay o Costa Rica— y sus gobiernos están políticamente aliados con Donald Trump, con quien comparten sus prioridades sobre delincuencia, inmigración o reducción del estado.
Por tanto, una victoria de Flávio Bolsonaro incorporaría a la mayor economía de América Latina a ese eje y dejaría a México y Uruguay como las principales democracias de la región gobernadas por la izquierda. En cambio, si Lula logra remontar, Brasilia se mantendría como el principal contrapeso político de Washington en el cono sur, dada su tradicional defensa de una mayor autonomía latinoamericana con respecto a Estados Unidos, su apuesta por mantener una relación pragmática con China y sus críticas a Trump, a quien ha llegado a tachar de "loco".
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